Más sobre Bolaño
Onésimo, la peonza de Pucela, se hizo famoso por sus regates, por la casi imposibilidad de quitarle el balón de forma legal. Tengo un recuerdo, que puede ser falso, de un entrevistador preguntándole a un Johan Cruyff entrenador del Barcelona —club por el que en su día Onésimo había pasado— cuál sería su estrategia para frenarlo, quién sería el encargado de cubrirlo. El poeta holandés contestó que Onésimo era imposible de marcar, por lo tanto era mejor ignorarlo; que él solo se perdería caracoleando por el fondo o por la banda, incapaz de dar un pase o un disparo en condiciones. Es la misma sensación que Roberto Bolaño me ha dado siempre: un tipo que sabe llevar el balón en los pies, pero no tiene profundidad, ni disparo, ni gol.
Sí tiene Bolaño una cosa que fascina a los juristas, a los adjuntos del departamento de algo y, en general, a todos aquellos que piensan tomarse, pero nunca lo hacen, un tiempo para escribir: una biografía pintoresca; aunque solo para sus estándares. Porque Bolaño tiene un recorrido vital construido con las mismas piezas que la mayoría de la población: eres pobre, se desmonta el ecosistema donde sobrevivías, buscas otro, pierdes la cabeza, te sonríe la suerte en algún momento y, justo cuando una sonrisa comienza a nacer en tu cara... vas y te mueres. Reordenen las efemérides como quieran, excepto el último punto, claro. Noten que la diferencia más palpable entre Bolaño y el resto es que él ha sido explotado vivo y continúa siéndolo muerto.
Y eso sin ver puerta nunca.
